La actriz visitará este martes el pozo Aguarico 4, en la Amazonia ecuatoriana, para constatar el daño ambiental que dejó la transnacional petrolera Chevron. Farrow se une de esta manera a la campaña “La mano sucia de Chevron”, que busca demostrar y detener las acciones de la empresa contra el país.
Por Telesur
Para dar su respaldo a la campaña “La mano sucia de Chevron”, impulsada por Ecuador, la actriz estadounidense Mia Farrow visita este martes el pozo Aguarico 4, en la Amazonia de este país suramericano, para comprobar el daño ambiental dejado por esta transnacional.
De esta manera, Farrow, embajadora de buena voluntad de la Unicef, se une a esta campaña, que busca mostrar al mundo la afectación de la petrolera y contrarrestar las acciones de la transnacional estadounidense en contra del país.
Labor humanitaria
Mia Farrow participó la víspera del cambio de guardia del Palacio de Carondelet junto al presidente Rafael Correa.
Farrow es reconocida por su personalidad altruista. La revista Time la eligió como una de las personas más influyentes del mundo; y en 2011 el Museo del Holocausto en Houston (Estados Unidos) le otorgó el premio Lyndon Baines Johnson Moral Courage por su labor humanitaria.
La artista nació el 9 de febrero de 1945 en Los Angeles, California (Estados Unidos), en 1968 alcanzó éxito en la gran pantalla al protagonizar el papel de Rosemary Woodhouse en ‘La Semilla del Diablo’.
Desde ahí siguió su larga trayectoria cinematográfica, la que comparte con las acciones benéficas. Uno de sus últimos trabajos fue su aparición como abuela de Freddie Highmore en las películas de Luc Besson sobre ‘Arthur y Los Minimoys’.
También Jean-Luc Mélechon
Tras visitar la zona en diciembre pasado, el reconocido líder de la izquierda francesa, Jean-Luc Mélechon, catalogó la contaminación que dejó Chevron en la Amazonia ecuatoriana como el crimen más visible que ha dejado el capitalismo.
Al llegar al pozo Aguarico 4, el político francés recorrió diversas piscinas de residuos tóxicos y constató el desastre humano y natural que ocasionó la negligencia de la petrolera en Ecuador.
“Esto no es un accidente ellos lo hicieron con el conocimiento de que estaban haciendo daño a la gente. No tienen ninguna moral, enseñaron a los niños a bañarse, beber y consumir las aguas contaminadas con artimañas y engaños”, dijo el excandidato a la presidencia de Francia.
Si quieres conocer a fondo cómo Chevron dañó la Amazonia de Ecuador visita nuestro especial multimedia #LaManoSuciaDeChevron.
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martes, 28 de enero de 2014
sábado, 14 de enero de 2012
Milk: una lección política
Jordi Costa
El País
La carrera política de Harvey Bernard Milk, concejal del Ayuntamiento de San Francisco entre el 8 de enero y el 27 de noviembre de 1978 (la fecha de su asesinato), fue tan breve como inabarcables resultan los ecos de su legado en la historia del activismo gay: primer político americano abiertamente homosexual, Milk ha inspirado un musical, una ópera y una biografía de referencia -The Mayor of Castro Street, de Randy Shilts- que sirvieron de punto de partida a un documental oscarizado -The Times of Harvey Milk (1984), de Rob Epstein y Richard Schmiechen- y que ya había sido tanteada por Gus Van Sant para una posible adaptación cinematográfica que no vio la luz.
Las diferencias entre esa película nonata y la que ha acabado realizando el mismo director con la complicidad del aquí guionista Dustin Lance Black -y, a su vez, cineasta claramente comprometido con la causa gay- y de un Sean Penn con lujuria de Oscar pertenecen al terreno de la conjetura: quizá podría haber sido una película más agresiva, airada o radical, pero la sombra de esas posibilidades no debería difuminar los méritos de Mi nombre es Harvey Milk, un trabajo que extrae su fuerza precisamente de su capacidad de doblegarse a la convención para lograr sus propósitos. En cierto sentido, Gus Van Sant actúa como el Harvey Milk que utilizó su corte de pelo y su indumentaria -un espejismo de orden- como arma política orientada a captar la benevolencia del votante.
Capaz de desconcertar a los más firmes creyentes en su integridad indie con dos desalentadores ejercicios de estilo mainstream -El indomable Will Hunting (1997) y Descubriendo a Forrester (2000)-, Gus Van Sant llevaba cuatro películas indagando en la esquiva caligrafía de la violencia, la destrucción, el azar y sus derivas en una marcada clave autoral -Gerry (2002), Elephant (2003), Last Days (2005) y Paranoid Park (2007)-, antes de afrontar este nuevo cambio de registro en dirección al gran público. Tenía este crítico la impresión, probablemente equivocada, de que tanto en esas excursiones mainstream como en su reciente ensimismamiento artie, Gus Van Sant no dejaba de ser un maestro de la impostura.
Mi nombre es Harvey Milk revela otra cosa: al poseedor de una autoría líquida capaz de cambiar de piel y estilo según las exigencias del proyecto que tiene entre manos. En este caso, la vida de Harvey Milk parece estar tan cerca de las propias convicciones personales del cineasta, que el lenguaje conservador -el del biopic oscarizable- se revela como la mejor opción posible para que el proyecto alcance toda su funcionalidad política.
Explotando las posibilidades didácticas del género en el que se inscribe, Mi nombre es Harvey Milk consigue hacer transparente y comprensible un proceso sumamente complicado: la articulación de una reivindicación política en el tejido de una ciudad a partir de la apropiación comunitaria de uno de sus barrios, el trenzado progresivo de un lobby de influencia y la racional infiltración en sus órganos de poder. La película es mucho más que la hagiografía de un activista gay: es toda una lección de política americana y, al mismo tiempo, la crónica de un civilizado juego de estrategia ciudadana cuya meta final es la conquista de libertades colectivas.
Para J. Hoberman, crítico del Village Voice, es la primera película americana abiertamente obamista: una Vida Ejemplar trazada con los colores de la esperanza y que no hurga en las turbulencias políticas que siguieron al asesinato de Milk y el alcalde George Moscone a manos del exconcejal Dan White. Sean Penn ofrece un intenso recital de contención en la piel de este mártir ciudadano que, pese a su temperamento discreto, supo entender que la política de su país tenía una de sus claves en el sentido del espectáculo.
El País
La carrera política de Harvey Bernard Milk, concejal del Ayuntamiento de San Francisco entre el 8 de enero y el 27 de noviembre de 1978 (la fecha de su asesinato), fue tan breve como inabarcables resultan los ecos de su legado en la historia del activismo gay: primer político americano abiertamente homosexual, Milk ha inspirado un musical, una ópera y una biografía de referencia -The Mayor of Castro Street, de Randy Shilts- que sirvieron de punto de partida a un documental oscarizado -The Times of Harvey Milk (1984), de Rob Epstein y Richard Schmiechen- y que ya había sido tanteada por Gus Van Sant para una posible adaptación cinematográfica que no vio la luz.
Las diferencias entre esa película nonata y la que ha acabado realizando el mismo director con la complicidad del aquí guionista Dustin Lance Black -y, a su vez, cineasta claramente comprometido con la causa gay- y de un Sean Penn con lujuria de Oscar pertenecen al terreno de la conjetura: quizá podría haber sido una película más agresiva, airada o radical, pero la sombra de esas posibilidades no debería difuminar los méritos de Mi nombre es Harvey Milk, un trabajo que extrae su fuerza precisamente de su capacidad de doblegarse a la convención para lograr sus propósitos. En cierto sentido, Gus Van Sant actúa como el Harvey Milk que utilizó su corte de pelo y su indumentaria -un espejismo de orden- como arma política orientada a captar la benevolencia del votante.
Capaz de desconcertar a los más firmes creyentes en su integridad indie con dos desalentadores ejercicios de estilo mainstream -El indomable Will Hunting (1997) y Descubriendo a Forrester (2000)-, Gus Van Sant llevaba cuatro películas indagando en la esquiva caligrafía de la violencia, la destrucción, el azar y sus derivas en una marcada clave autoral -Gerry (2002), Elephant (2003), Last Days (2005) y Paranoid Park (2007)-, antes de afrontar este nuevo cambio de registro en dirección al gran público. Tenía este crítico la impresión, probablemente equivocada, de que tanto en esas excursiones mainstream como en su reciente ensimismamiento artie, Gus Van Sant no dejaba de ser un maestro de la impostura.
Mi nombre es Harvey Milk revela otra cosa: al poseedor de una autoría líquida capaz de cambiar de piel y estilo según las exigencias del proyecto que tiene entre manos. En este caso, la vida de Harvey Milk parece estar tan cerca de las propias convicciones personales del cineasta, que el lenguaje conservador -el del biopic oscarizable- se revela como la mejor opción posible para que el proyecto alcance toda su funcionalidad política.
Explotando las posibilidades didácticas del género en el que se inscribe, Mi nombre es Harvey Milk consigue hacer transparente y comprensible un proceso sumamente complicado: la articulación de una reivindicación política en el tejido de una ciudad a partir de la apropiación comunitaria de uno de sus barrios, el trenzado progresivo de un lobby de influencia y la racional infiltración en sus órganos de poder. La película es mucho más que la hagiografía de un activista gay: es toda una lección de política americana y, al mismo tiempo, la crónica de un civilizado juego de estrategia ciudadana cuya meta final es la conquista de libertades colectivas.
Para J. Hoberman, crítico del Village Voice, es la primera película americana abiertamente obamista: una Vida Ejemplar trazada con los colores de la esperanza y que no hurga en las turbulencias políticas que siguieron al asesinato de Milk y el alcalde George Moscone a manos del exconcejal Dan White. Sean Penn ofrece un intenso recital de contención en la piel de este mártir ciudadano que, pese a su temperamento discreto, supo entender que la política de su país tenía una de sus claves en el sentido del espectáculo.
sábado, 15 de mayo de 2010
La lengua de las mariposas
A los maestros, en su día
Situada en 1936, Don Gregorio enseñará a Moncho con dedicación y paciencia toda su sabiduría en cuanto a los conocimientos, la literatura, la naturaleza, y hasta las mujeres. Pero el trasfondo de la amenaza política subsistirá siempre, especialmente cuando Don Gregorio es atacado por ser considerado un enemigo del régimen fascista. Así se irá abriendo entre estos dos amigos una brecha, traída por la fuerza del contexto que los rodea. La política y la guerra se interponen entre las personas y desembocan, indefectiblemente, en la tragedia.
¿Cómo recobrar después de esto, la inocencia? Parece ser la pregunta de José Luís Cuerda, cuando Don Gregorio, al contrario del padre de Moncho, opte por sí mismo y por sus ideales, aunque esta opción signifique la muerte. Dura y con un dramático final, La lengua de las mariposas explora el nacimiento de una vida a los horrores de una guerra.
El contexto histórico de La lengua de las mariposas
La película trata de muchos temas: de la amistad, la escuela, la infancia, la iniciación a la vida, pero también del miedo, del terror, de las miserias de la condición humana… Habla también de la historia. Los acontecimientos históricos que están detrás de La lengua de las mariposas determinan claramente la vida de los personajes, tal y como queda claro al final. Durante toda la cinta se observa un aire de nostalgia por la libertad, la esperanza y el cambio social que supuso la Segunda República española, («Gracias a la República podemos votar las mujeres», dice la madre de Moncho) y una denuncia de la bestialidad irracional de los que la derrocaron.
El golpe de estado de julio de 1936 lo urdió un sector importante del ejército (los generales Franco, Mola, Sanjurjo, Goded...), inspirado y financiado por las clases poderosas del estado, los terratenientes y la alta burguesía, que abandonaron la vía legal y parlamentaria para decantarse por las armas, el terror y la dictadura, que llevó a la muerte violenta a miles de personas partidarias de la República y de su proyecto modernizador.
El 18 de julio de 1936 el general Franco salió de Canarias al frente del ejército insurrecto (recordar al final de la película cuando se dice «¡Hay guerra en África!»), mientras Mola declaraba el estado de guerra y ocupaba Pamplona. Paralelamente, Queipo de Llano se apoderaba de Sevilla y extendía la rebelión por Andalucía, provocando la inmediata represión contra las personas progresistas).
Situada en 1936, Don Gregorio enseñará a Moncho con dedicación y paciencia toda su sabiduría en cuanto a los conocimientos, la literatura, la naturaleza, y hasta las mujeres. Pero el trasfondo de la amenaza política subsistirá siempre, especialmente cuando Don Gregorio es atacado por ser considerado un enemigo del régimen fascista. Así se irá abriendo entre estos dos amigos una brecha, traída por la fuerza del contexto que los rodea. La política y la guerra se interponen entre las personas y desembocan, indefectiblemente, en la tragedia.
¿Cómo recobrar después de esto, la inocencia? Parece ser la pregunta de José Luís Cuerda, cuando Don Gregorio, al contrario del padre de Moncho, opte por sí mismo y por sus ideales, aunque esta opción signifique la muerte. Dura y con un dramático final, La lengua de las mariposas explora el nacimiento de una vida a los horrores de una guerra.
El contexto histórico de La lengua de las mariposas
La película trata de muchos temas: de la amistad, la escuela, la infancia, la iniciación a la vida, pero también del miedo, del terror, de las miserias de la condición humana… Habla también de la historia. Los acontecimientos históricos que están detrás de La lengua de las mariposas determinan claramente la vida de los personajes, tal y como queda claro al final. Durante toda la cinta se observa un aire de nostalgia por la libertad, la esperanza y el cambio social que supuso la Segunda República española, («Gracias a la República podemos votar las mujeres», dice la madre de Moncho) y una denuncia de la bestialidad irracional de los que la derrocaron.
El golpe de estado de julio de 1936 lo urdió un sector importante del ejército (los generales Franco, Mola, Sanjurjo, Goded...), inspirado y financiado por las clases poderosas del estado, los terratenientes y la alta burguesía, que abandonaron la vía legal y parlamentaria para decantarse por las armas, el terror y la dictadura, que llevó a la muerte violenta a miles de personas partidarias de la República y de su proyecto modernizador.
El 18 de julio de 1936 el general Franco salió de Canarias al frente del ejército insurrecto (recordar al final de la película cuando se dice «¡Hay guerra en África!»), mientras Mola declaraba el estado de guerra y ocupaba Pamplona. Paralelamente, Queipo de Llano se apoderaba de Sevilla y extendía la rebelión por Andalucía, provocando la inmediata represión contra las personas progresistas).
viernes, 26 de febrero de 2010
Documental coproducido por Telesur nominado en Festival de Cine de México
El documental La Revuelta de las Batas Blancas, coproducido por Telesur y realizado por el director Alex Albert, obtuvo una nominación para los premios del 25 Festival Internacional de Cine de Guadalajara, (FICG), al occidente de México, que se llevará a cabo del 12 al 19 de marzo.
La Revuelta de las Batas Blancas describe las vivencias de los líderes sobrevivientes del movimiento médico del 64.
Testimonios de historiadores, sociólogos y personas de distintos ámbitos de la sociedad mexicana, que apoyaron esta protesta, se pueden apreciar en la cinta.
El movimiento médico del 64 buscaba mejores condiciones económicas y de vida para el gremio.
Una nota de prensa de la empresa informativa destacó que "Telesur, como compañía coproductora y poseedora de los derechos exclusivos del documental aplaude la nominación de la mencionada cinta en esta edición del festival".
En el texto se resaltó el valor del trabajo documental por considerarlo "un material que revela la verdad sobre un hecho trascendente para el pueblo mexicano y latinoamericano".
"La realización de producciones con contenido social y valoración de los derechos humanos, destinadas a reflejar la realidad de Nuestra América, son y serán siempre para Telesur un objetivo primordial de difusión", puntualizó.
En el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) siete largometrajes nacionales irán por el premio a mejor ficción mexicana.
Como la actividad tiene a Andalucía como invitada de honor, se realizará una muestra de cine de esa región española.
La Revuelta de las Batas Blancas describe las vivencias de los líderes sobrevivientes del movimiento médico del 64.
Testimonios de historiadores, sociólogos y personas de distintos ámbitos de la sociedad mexicana, que apoyaron esta protesta, se pueden apreciar en la cinta.
El movimiento médico del 64 buscaba mejores condiciones económicas y de vida para el gremio.
Una nota de prensa de la empresa informativa destacó que "Telesur, como compañía coproductora y poseedora de los derechos exclusivos del documental aplaude la nominación de la mencionada cinta en esta edición del festival".
En el texto se resaltó el valor del trabajo documental por considerarlo "un material que revela la verdad sobre un hecho trascendente para el pueblo mexicano y latinoamericano".
"La realización de producciones con contenido social y valoración de los derechos humanos, destinadas a reflejar la realidad de Nuestra América, son y serán siempre para Telesur un objetivo primordial de difusión", puntualizó.
En el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) siete largometrajes nacionales irán por el premio a mejor ficción mexicana.
Como la actividad tiene a Andalucía como invitada de honor, se realizará una muestra de cine de esa región española.
sábado, 30 de enero de 2010
Mujeres de Centroamérica y Bolivia se ven reflejadas en Festival de Cine de Lebu
El documental El valor de las mujeres: La lucha por el derecho a la tierra trata el tema de la concentración de la tierra en países como Guatemala, El Salvador y Honduras, problema que refleja la fuerte exclusión que viven las mujeres en sus naciones.

Por Telesur
Miles de mujeres centroamericanas, así como indígenas bolivianos, vieron reflejadas sus aspiraciones este sábado con la proyección de dos documentales en el Festival de Cine de Lebu, al sur de Chile, los cuales muestran su lucha por lograr el derecho a la tierra y por construir su propio modelo de sociedad.
La cinta titulada El valor de las mujeres: La lucha por el derecho a la tierra, de la nicaragüense Rossana Lacayo, reúne los testimonios de seis mujeres de Guatemala, Honduras y El Salvador que tras una ardua batalla han conquistado su propio trozo de tierra.
Este documental pone el acento en la concentración de tierras que afecta a toda Centroamérica, hecho que deja a las mujeres como principales damnificadas y las convierte, además, en víctimas de una triple exclusión: son pobres, indígenas y mujeres.
A esto debe sumarse otros factores como la violencia y los abusos camuflados en las guerras internas que azotaron a países centroamericanos en los años '80, el afrontar la maternidad en ausencia del padre, o la emigración, que es esencialmente masculina.
En medio de todo este contexto, las féminas, convertidas en dueñas de su propio destino, alzan la voz para reinvindicar sus derechos, conscientes de una realidad que es retratada en la película con cifras reveladoras.
En Guatemala, sólo dos por ciento de la población posee el 57 por ciento de las tierras cultivables y en Honduras, el 72 por ciento de los ciudadanos tienen sólo el 12 por ciento de la tierra; mientras que en El Salvador, la diferencia es aún más profunda, pues el 90 por ciento de los ciudadanos sólo son dueños del 12 por ciento.
Las cifras reflejadas en el documental revelan, además, que sólo el dos por ciento de las tierras cultivables en todo el mundo están en manos de mujeres.
El valor de las mujeres: La lucha por el derecho a la tierra se exhibió este sábado dentro de la competencia de documentales internacionales del certamen de Lebu, donde también se proyectó Sumak Kawsay (Vivir en plenitud), del chileno Rodrigo Fernández, documental que muestra el denominado "Encuentro internacional de solidaridad con Bolivia", donde delegaciones de 20 países se reunieron en Santa Cruz de la Sierra en octubre de 2008, tras el levantamiento en la llamada zona de la media luna.
Las imágenes del encuentro se entremezclan con entrevistas a distintos líderes, entre ellos el propio ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia, David Choquehuanca, quien defiende que su país debe "acabar con el sometimiento y la intromisión" por parte de Estados Unidos.
El Festival de Cine de Lebu, a 660 kilómetros al sur de Santiago, inició el pasado 26 de enero y concluirá este mismo sábado luego de conocerse los ganadores en las cuatro categorías del certamen, donde se incluye documental y cortometraje regional e internacional.
Por Telesur
Miles de mujeres centroamericanas, así como indígenas bolivianos, vieron reflejadas sus aspiraciones este sábado con la proyección de dos documentales en el Festival de Cine de Lebu, al sur de Chile, los cuales muestran su lucha por lograr el derecho a la tierra y por construir su propio modelo de sociedad.
La cinta titulada El valor de las mujeres: La lucha por el derecho a la tierra, de la nicaragüense Rossana Lacayo, reúne los testimonios de seis mujeres de Guatemala, Honduras y El Salvador que tras una ardua batalla han conquistado su propio trozo de tierra.
Este documental pone el acento en la concentración de tierras que afecta a toda Centroamérica, hecho que deja a las mujeres como principales damnificadas y las convierte, además, en víctimas de una triple exclusión: son pobres, indígenas y mujeres.
A esto debe sumarse otros factores como la violencia y los abusos camuflados en las guerras internas que azotaron a países centroamericanos en los años '80, el afrontar la maternidad en ausencia del padre, o la emigración, que es esencialmente masculina.
En medio de todo este contexto, las féminas, convertidas en dueñas de su propio destino, alzan la voz para reinvindicar sus derechos, conscientes de una realidad que es retratada en la película con cifras reveladoras.
En Guatemala, sólo dos por ciento de la población posee el 57 por ciento de las tierras cultivables y en Honduras, el 72 por ciento de los ciudadanos tienen sólo el 12 por ciento de la tierra; mientras que en El Salvador, la diferencia es aún más profunda, pues el 90 por ciento de los ciudadanos sólo son dueños del 12 por ciento.
Las cifras reflejadas en el documental revelan, además, que sólo el dos por ciento de las tierras cultivables en todo el mundo están en manos de mujeres.
El valor de las mujeres: La lucha por el derecho a la tierra se exhibió este sábado dentro de la competencia de documentales internacionales del certamen de Lebu, donde también se proyectó Sumak Kawsay (Vivir en plenitud), del chileno Rodrigo Fernández, documental que muestra el denominado "Encuentro internacional de solidaridad con Bolivia", donde delegaciones de 20 países se reunieron en Santa Cruz de la Sierra en octubre de 2008, tras el levantamiento en la llamada zona de la media luna.
Las imágenes del encuentro se entremezclan con entrevistas a distintos líderes, entre ellos el propio ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia, David Choquehuanca, quien defiende que su país debe "acabar con el sometimiento y la intromisión" por parte de Estados Unidos.
El Festival de Cine de Lebu, a 660 kilómetros al sur de Santiago, inició el pasado 26 de enero y concluirá este mismo sábado luego de conocerse los ganadores en las cuatro categorías del certamen, donde se incluye documental y cortometraje regional e internacional.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Chile: Imágenes de un tiempo de Unidad Popular
Por Daniela Estrada
IPS
Documentales filmados durante el gobierno del socialista Salvador Allende, que permanecieron ocultos tras el sangriento golpe de Estado que lo derrocó en 1973, son ahora rescatados por la Cineteca de la estatal Universidad de Chile.
"Hay un temor terrible a hablar del cine político en Chile. Y en el periodo de la Unidad Popular el cine se tornó eminentemente político", comentó a IPS Luis Horta, cineasta especializado en restauración y subdirector de la Cineteca, el primer archivo fílmico surgido en el país.
La Unidad Popular fue la coalición de partidos y movimientos de izquierda que encabezó Allende hasta su expulsión del gobierno al tercer año de mandato el 11 de septiembre de 1973 por el general Augusto Pinochet (1915-2006), que derivó en 17 años de dictadura.
La Cineteca de la Universidad de Chile se había creado en 1959 para resguardar la producción que emanaba con fuerza desde las aulas de esa casa de estudios. Pero tras el golpe de Estado fueron expulsados sus directivos y profesores, algunos de los cuales debieron partir al exilio.
En 1976, el archivo cerró sus puertas y los filmes fueron escondidos sin mayor protección. Sólo en 2005 se decidió reactivar la Cineteca con el mismo director de hace tres décadas, el cineasta Pedro Chaskel. Hoy sus bóvedas almacenan unas 2.000 cintas. La institución lanzó el 18 de octubre el proyecto de investigación "Cine Chileno en la Unidad Popular 1970-1973", dirigido por Horta y Raúl Camargo, académico y programador de diversos festivales de cine. Además de la recuperación de filmes, la iniciativa considera la difusión y el análisis discursivos de los trabajos.
"Hay una especie de estigmatización de las películas realizadas en este periodo y una especie de prejuicio, pero nadie ha visto muchas de esas películas. Hay gran cantidad de filmes que se han perdido y otros que simplemente nadie ha buscado", comentó Horta.
A su juicio, "los que más han juzgado al cine político han sido precisamente los que quieren evadir ciertos temas que éste tocaba, como las injusticias sociales, las desigualdades, muchos temas que hoy siguen muy vigentes".
Entre los cineastas más reconocidos de la época figuran Raúl Ruiz, Helvio Soto, Aldo Francia, Patricio Guzmán, Miguel Littin y el propio Chaskel. Otros quedaron en el olvido, como Luis Cornejo, dice Horta.
Durante el gobierno de la Unidad Popular, la producción fílmica, tanto profesional como doméstica, fue extremadamente prolífica, como en ninguna otra época de la historia del cine chileno, asegura el subdirector de la Cineteca. Pese a ello, aún no se ha elaborado una filmografía del periodo.
Horta y Camargo han revisado, por ejemplo, filmaciones inéditas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que abrazó la vía armada, y de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT).
La Cineteca conserva, además, la única copia del documental "Amuhuelai mi" que pudo ser salvada tras el golpe de Estado. El filme, de 10 minutos, fue dirigido en 1972 por Marilú Mallet y aborda la problemática emigración del pueblo indígena mapuche hacia las ciudades.
La Universidad también posee registros de "Venceremos", una cinta de 15 minutos producida en 1970 por Héctor Ríos junto a Chaskel. Este trabajo fue premiado en el Festival de Leipzig de 1971.
En "Crónicas del Salitre", que data de 1971, y en "No nos trancarán el paso", de 1972, participó el camarógrafo Jorge Müller, detenido en 1974 por agentes de la dictadura junto a su pareja Carmen Bueno. Ambos se encuentran desaparecidos hasta hoy.
"Pintando con el pueblo", también de 1972, y dirigido por Leonardo Céspedes, retrata la realización de un mural de manera colectiva por destacados artistas y gente común frente al Palacio de La Moneda, la sede del gobierno ubicada en el centro de Santiago y que fuera bombardeada por los golpistas liderados por Pinochet.
Estas películas y otras obras fueron exhibidas al público en octubre para "volver a ponerlas en valor", según Horta, quien llama a todas las personas que hayan escondido películas de la época a compartirlas para su resguardo, estudio y difusión.
No es necesario donarlas a la Cineteca, aclara, aunque existe la posibilidad de guardarlas en sus bodegas aclimatadas para asegurar una buena conservación.
"Hoy día hay una mirada del cine como espectáculo, como una actividad comercial. Cuando una película chilena se estrena, lo que más se espera es que durante las primeras semanas se llenen las salas", cuestionó Horta.
"Pero en esa época el objetivo del cine era otro. Tenía que ver con una construcción de país, con la construcción de una sociedad mucho más equitativa. Eso hay que rescatarlo", apuntó.
A su juicio, un dato revelador es que durante la Unidad Popular muchos cineastas filmaron en 16 milímetros, en vez de 35 milímetros, considerado un estándar profesional, para poder proyectar las cintas más fácilmente en las barriadas populares.
"Es pertinente revisar qué es lo que fuimos para construirnos de manera más sólida en torno a lo que queremos ser más adelante", reflexiona Horta, quien propugna mayor audacia en materia educacional. Hay que atreverse a mostrar esas obras históricas en los colegios y liceos (escuelas primarias y secundarias) del país, dice.
Publicado originalmente en noviembre de 2009
IPS
Documentales filmados durante el gobierno del socialista Salvador Allende, que permanecieron ocultos tras el sangriento golpe de Estado que lo derrocó en 1973, son ahora rescatados por la Cineteca de la estatal Universidad de Chile.
"Hay un temor terrible a hablar del cine político en Chile. Y en el periodo de la Unidad Popular el cine se tornó eminentemente político", comentó a IPS Luis Horta, cineasta especializado en restauración y subdirector de la Cineteca, el primer archivo fílmico surgido en el país.
La Unidad Popular fue la coalición de partidos y movimientos de izquierda que encabezó Allende hasta su expulsión del gobierno al tercer año de mandato el 11 de septiembre de 1973 por el general Augusto Pinochet (1915-2006), que derivó en 17 años de dictadura.
La Cineteca de la Universidad de Chile se había creado en 1959 para resguardar la producción que emanaba con fuerza desde las aulas de esa casa de estudios. Pero tras el golpe de Estado fueron expulsados sus directivos y profesores, algunos de los cuales debieron partir al exilio.
En 1976, el archivo cerró sus puertas y los filmes fueron escondidos sin mayor protección. Sólo en 2005 se decidió reactivar la Cineteca con el mismo director de hace tres décadas, el cineasta Pedro Chaskel. Hoy sus bóvedas almacenan unas 2.000 cintas. La institución lanzó el 18 de octubre el proyecto de investigación "Cine Chileno en la Unidad Popular 1970-1973", dirigido por Horta y Raúl Camargo, académico y programador de diversos festivales de cine. Además de la recuperación de filmes, la iniciativa considera la difusión y el análisis discursivos de los trabajos.
"Hay una especie de estigmatización de las películas realizadas en este periodo y una especie de prejuicio, pero nadie ha visto muchas de esas películas. Hay gran cantidad de filmes que se han perdido y otros que simplemente nadie ha buscado", comentó Horta.
A su juicio, "los que más han juzgado al cine político han sido precisamente los que quieren evadir ciertos temas que éste tocaba, como las injusticias sociales, las desigualdades, muchos temas que hoy siguen muy vigentes".
Entre los cineastas más reconocidos de la época figuran Raúl Ruiz, Helvio Soto, Aldo Francia, Patricio Guzmán, Miguel Littin y el propio Chaskel. Otros quedaron en el olvido, como Luis Cornejo, dice Horta.
Durante el gobierno de la Unidad Popular, la producción fílmica, tanto profesional como doméstica, fue extremadamente prolífica, como en ninguna otra época de la historia del cine chileno, asegura el subdirector de la Cineteca. Pese a ello, aún no se ha elaborado una filmografía del periodo.
Horta y Camargo han revisado, por ejemplo, filmaciones inéditas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que abrazó la vía armada, y de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT).
La Cineteca conserva, además, la única copia del documental "Amuhuelai mi" que pudo ser salvada tras el golpe de Estado. El filme, de 10 minutos, fue dirigido en 1972 por Marilú Mallet y aborda la problemática emigración del pueblo indígena mapuche hacia las ciudades.
La Universidad también posee registros de "Venceremos", una cinta de 15 minutos producida en 1970 por Héctor Ríos junto a Chaskel. Este trabajo fue premiado en el Festival de Leipzig de 1971.
En "Crónicas del Salitre", que data de 1971, y en "No nos trancarán el paso", de 1972, participó el camarógrafo Jorge Müller, detenido en 1974 por agentes de la dictadura junto a su pareja Carmen Bueno. Ambos se encuentran desaparecidos hasta hoy.
"Pintando con el pueblo", también de 1972, y dirigido por Leonardo Céspedes, retrata la realización de un mural de manera colectiva por destacados artistas y gente común frente al Palacio de La Moneda, la sede del gobierno ubicada en el centro de Santiago y que fuera bombardeada por los golpistas liderados por Pinochet.
Estas películas y otras obras fueron exhibidas al público en octubre para "volver a ponerlas en valor", según Horta, quien llama a todas las personas que hayan escondido películas de la época a compartirlas para su resguardo, estudio y difusión.
No es necesario donarlas a la Cineteca, aclara, aunque existe la posibilidad de guardarlas en sus bodegas aclimatadas para asegurar una buena conservación.
"Hoy día hay una mirada del cine como espectáculo, como una actividad comercial. Cuando una película chilena se estrena, lo que más se espera es que durante las primeras semanas se llenen las salas", cuestionó Horta.
"Pero en esa época el objetivo del cine era otro. Tenía que ver con una construcción de país, con la construcción de una sociedad mucho más equitativa. Eso hay que rescatarlo", apuntó.
A su juicio, un dato revelador es que durante la Unidad Popular muchos cineastas filmaron en 16 milímetros, en vez de 35 milímetros, considerado un estándar profesional, para poder proyectar las cintas más fácilmente en las barriadas populares.
"Es pertinente revisar qué es lo que fuimos para construirnos de manera más sólida en torno a lo que queremos ser más adelante", reflexiona Horta, quien propugna mayor audacia en materia educacional. Hay que atreverse a mostrar esas obras históricas en los colegios y liceos (escuelas primarias y secundarias) del país, dice.
Publicado originalmente en noviembre de 2009
jueves, 18 de diciembre de 2008
Se presenta en Bogotá la obra documental de Jorge Silva y Martha Rodríguez
Recuperación de tierras. Hacienda Cobaló, Cauca, 1974. Foto de Jorge Silva.
Por Camilo Rueda Navarro
En la Cinemateca Distrital de Bogotá se viene desarrollando, en el transcurso de la presente semana, la retrospectiva de la amplia obra de los documentalistas Jorge Silva y Martha Rodríguez, ésta última ganadora del Premio Nacional a toda una vida dedicada al cine. La exposición se desarrolla como homenaje a estas dos importantes figuras de la cinematografía social colombiana.
En sus documentales, los autores denuncian la crítica situación social de las comunidades campesinas e indígenas de diversas regiones del país, como los Llanos Orientales y el Cauca. A su vez, Rodríguez y Silva se ocupan en su vasta obra de la problemática de los trabajadores urbanos, en particular la de los obreros de las ladrilleras del sur de Bogotá, que se muestra en el documental “Chircales”.
En su obra conjunta se integra la investigación periodística y académica con la elaboración cinematográfica, dando sus frutos en documentales como “Planas: testimonio de un etnocidio”, que en 1972 obtuvo el premio al mejor filme colombiano en el Festival de Cartagena. En él se muestra la persecución sobre la etnia de los Guahibos en el oriente del país.
Así mismo, investigan el problema agrario colombiano, que es plasmado en “Campesinos”, obra ampliamente laureada y reconocida a nivel internacional en la que se examina la realidad del campo en zonas cafeteras como Cundinamarca y Tolima, abordada desde el modelo hacendado de principios del siglo veinte y contrastada con la situación del campesinado en la década de 1970.
Otros documentales destacados son “Nuestra voz de tierra, memoria y futuro”, y “El bogotazo”, largometrajes realizados con la participación del escritor Arturo Alape. El legado documental es complementado por Jorge Silva con la fotografía, dejando también de manera gráfica un importante aporte a la historia de los sectores populares de Colombia.
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