En el París de 1844, tras exiliarse, Karl Marx conoce a Friedrich Engels, quien investigaba el nacimiento de la clase obrera británica. Engels proporcionó la última pieza del rompecabezas a la visión del mundo del joven Marx. Juntos, entre censuras, represión policial, revueltas y conflictos políticos, lideraron el movimiento obrero durante su desarrollo hacia la era moderna.
Mostrando entradas con la etiqueta Movimiento obrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Movimiento obrero. Mostrar todas las entradas
lunes, 8 de enero de 2018
El joven Karl Marx
En el París de 1844, tras exiliarse, Karl Marx conoce a Friedrich Engels, quien investigaba el nacimiento de la clase obrera británica. Engels proporcionó la última pieza del rompecabezas a la visión del mundo del joven Marx. Juntos, entre censuras, represión policial, revueltas y conflictos políticos, lideraron el movimiento obrero durante su desarrollo hacia la era moderna.
lunes, 7 de noviembre de 2016
Cine y revolución: Reds, de Warren Beatty
Sobre el filme "Reds" y el cine estadounidense de izquierda

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez*
Los títulos en DVD están siendo asimilados por las revistas de cine como una suerte de estreno suplementario, y la verdad es que nadie puede discutir sus ventajas por más que los veteranos añoremos los tiempos de las salas oscuras. Entre los últimos “grandes estrenos” se encuentra Reds (Rojos)...
Por si alguien no lo sabe, Reds fue una producción financiada -ahí es nada- por la Barclay Mercantile In., y distribuida mundialmente por la Paramount. Su protagonista, Warren Beatty, ejerció igualmente las labores de director, productor y participó en el argumento, guión y diálogo, junto con el comediógrafo británico izquierdista, Trevor Griffiths, que había colaborado en el cine con Ken Loach en su película teóricamente más "trotskista", Fatherland (1986). También tomaron parte, aunque sin aparecer en los títulos de créditos, Elaine May y Robert Towne. La fotografía, de tonalidades oscuras en interiores y anaranjadas en exteriores, estuvo a cargo del prestigioso Vittorio Storaro (Novecento), en tanto que la música la puso Stephen Sodheim con aportaciones adicionales de David Grusin. Fue estrenada en diciembre de 1981 en New York. La parte norteamericana fue rodada en Lincolshire y en Londres, en tanto que la parte rusa se dividió entre Finlandia y España. Aquí, concretamente, el palacio de Riofrío de Segovia sirvió como escenario de los debates del Komintern, mientras que el Alcázar de Sevilla hizo a su vez de fondo para el caótico Congreso Internacional de Bakú. Luego, en las proximidades de Guadix (Granada), en un paisaje que recordaba la estepa rusa, se filmó el asalto de los últimos reductos del ejército blanco contra el tren en el que viajaba Reed, junto algunos de los líderes de la revolución triunfante, hacia Moscú. Otro lugar elegido fue la Estación de las Delicias, que se convirtió en la estación de Moscú, como ya lo había hecho en Doctor Zhivago (David Lean, 1965), el principal antecedente fílmico de Reds.
El guión se apoyaba en los diversos libros del propio Reed y Louise Bryant, y en menor grado en la mejor biografía del primero, la escrita por Robert A. Rosenstone (de la que existe una edición en castellano en ERA, México, 1975, trad. de Juan Tovar), al que Beatty contrató como asesor histórico. En un largo artículo sobre la película escrito a raíz de su estreno, Rosenstone considera que el título resulta "intransigente, temerario, rotundo", muy en línea de Jaw (Tiburón). No obstante, concede que Reds al menos no oculta el "hecho fundamental: esta película trata de personajes radicales y revolucionarios, de personas que no temieron agruparse bajo un nombre desprestigiado en los Estados Unidos, que no temieron llamarse a sí mismos comunistas". Las divergencias con Rosenstone fueron más allá del título, y de hecho, éste apenas sí tuvo que responder a algunas preguntas específicas orientadas a precisar al máximo los detalles cronológicos y la ambientación de algunos acontecimientos, algo sobre lo que Hollywood mantuvo secularmente una proverbial despreocupación que, empero, Reds, desmintió al menos en parte.

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez*
Los títulos en DVD están siendo asimilados por las revistas de cine como una suerte de estreno suplementario, y la verdad es que nadie puede discutir sus ventajas por más que los veteranos añoremos los tiempos de las salas oscuras. Entre los últimos “grandes estrenos” se encuentra Reds (Rojos)...
Por si alguien no lo sabe, Reds fue una producción financiada -ahí es nada- por la Barclay Mercantile In., y distribuida mundialmente por la Paramount. Su protagonista, Warren Beatty, ejerció igualmente las labores de director, productor y participó en el argumento, guión y diálogo, junto con el comediógrafo británico izquierdista, Trevor Griffiths, que había colaborado en el cine con Ken Loach en su película teóricamente más "trotskista", Fatherland (1986). También tomaron parte, aunque sin aparecer en los títulos de créditos, Elaine May y Robert Towne. La fotografía, de tonalidades oscuras en interiores y anaranjadas en exteriores, estuvo a cargo del prestigioso Vittorio Storaro (Novecento), en tanto que la música la puso Stephen Sodheim con aportaciones adicionales de David Grusin. Fue estrenada en diciembre de 1981 en New York. La parte norteamericana fue rodada en Lincolshire y en Londres, en tanto que la parte rusa se dividió entre Finlandia y España. Aquí, concretamente, el palacio de Riofrío de Segovia sirvió como escenario de los debates del Komintern, mientras que el Alcázar de Sevilla hizo a su vez de fondo para el caótico Congreso Internacional de Bakú. Luego, en las proximidades de Guadix (Granada), en un paisaje que recordaba la estepa rusa, se filmó el asalto de los últimos reductos del ejército blanco contra el tren en el que viajaba Reed, junto algunos de los líderes de la revolución triunfante, hacia Moscú. Otro lugar elegido fue la Estación de las Delicias, que se convirtió en la estación de Moscú, como ya lo había hecho en Doctor Zhivago (David Lean, 1965), el principal antecedente fílmico de Reds.
El guión se apoyaba en los diversos libros del propio Reed y Louise Bryant, y en menor grado en la mejor biografía del primero, la escrita por Robert A. Rosenstone (de la que existe una edición en castellano en ERA, México, 1975, trad. de Juan Tovar), al que Beatty contrató como asesor histórico. En un largo artículo sobre la película escrito a raíz de su estreno, Rosenstone considera que el título resulta "intransigente, temerario, rotundo", muy en línea de Jaw (Tiburón). No obstante, concede que Reds al menos no oculta el "hecho fundamental: esta película trata de personajes radicales y revolucionarios, de personas que no temieron agruparse bajo un nombre desprestigiado en los Estados Unidos, que no temieron llamarse a sí mismos comunistas". Las divergencias con Rosenstone fueron más allá del título, y de hecho, éste apenas sí tuvo que responder a algunas preguntas específicas orientadas a precisar al máximo los detalles cronológicos y la ambientación de algunos acontecimientos, algo sobre lo que Hollywood mantuvo secularmente una proverbial despreocupación que, empero, Reds, desmintió al menos en parte.
miércoles, 6 de junio de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
Cine británico sobre la época thatcherista
Todoporhacer.org
La década de 1980 fue una época muy jodida para pertenecer a la working class en el Reino Unido o en Estados Unidos, con Margaret Thatcher y Ronald Reagan llevando a cabo los ataques más viscerales de la historia (por ahora) contra los servicios sociales públicos. Si este Estado del bienestar es una conquista obrera o si se trata más bien de una serie de concesiones de la clase dirigente para calmar a las masas descontentas es un debate en el que no queremos entrar ahora; lo que queremos señalar es que la desaparición de las coberturas sociales, la destrucción de miles de empleos y la progresiva precarización de las vidas de quienes estaban en las filas de la clase obrera del momento marcó una época de miseria, desesperación y dolor, pero también de concienciación, movilizaciones, hermanamientos e ingenio para escapar de estas situaciones.
El cine realista social británico ha conseguido, de manera más que exitosa, retratar todos estos sentimientos y situaciones a través de la estética realista y la recreación – de forma comprometida – de historias a partir de lo cotidiano. Decía Leonardo Da Vinci en el siglo XV que “en cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia” y no podemos más que darle la razón al reconocer que es esto lo que sentimos cuando nos encontramos ante este movimiento cinematográfico cuya emulación no se ha podido llevar a cabo en España ni en ningún otro país de la misma forma.
El mayor representante de esta corriente es Ken Loach, director de Riff-raff (1990), cinta que retrata la vida de un trabajador escocés que trabaja de forma precaria (tanto es así que necesita okupar un apartamento vacío para tener una vivienda propia) para una constructora en Londres que, con tal de ahorrar costes, no pone todas las medidas de seguridad oportunas para garantizar la seguridad de sus empleados, al igual que ocurre con los trabajadores ferroviarios en su filme La Cuadrilla (2001). En Lloviendo Piedras (1993) retrata el drama del paro a través de la figura de un padre de familia cuarentón del norte de Inglaterra que hará lo que sea para comprar un vestido de comunión para su hija. Otros de los títulos vinculados a la temática de esta época que firma son La Canción de Carla (1996), Mi nombre es Joe (1998), Felices dieciséis (2002) y Buscando a Eric (2009). Todas sus películas se ruedan de forma natural, sin grandes recursos audiovisuales ni dramatismos más allá de las propias tragedias que viven sus personajes. Los obreros que aparecen no son grandes héroes a mitificar ni personas especialmente comprometidas (de hecho, una escena específica de Riff-raff puede herir la sensibilidad de aquéllos que reivindican los derechos de los animales); son gente normal y corriente, son las víctimas de las políticas neoliberales que se implementaron en su tiempo.
The Full Monty (Peter Canatteo, 1997) es una divertida comedia que relata la historia de seis obreros poco atractivos que deciden convertirse en strippers para ganar algo de dinero tras una ola de despidos en Sheffield (Inglaterra), una ciudad tradicionalmente vinculada con el sector de la metalurgia.
Otra película rodada en clave de comedia, aunque con algunos momentos realmente dramáticos, es Tocando el Viento (Mark Herman, 1996). En ella, una banda de música compuesta por mineros del norte de Inglaterra durante el gobierno de Thatcher sigue ensayando mientras, a su vez, se enfrentan al posible cierre de la mina, lo que supondría la pérdida de sus puestos de trabajo y la desaparición de dicha banda, una institución local con más de un siglo de historia.
Como otro filme sobre mineros podríamos citar Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). La historia principal gira en torno a un niño de 11 años que quiere ser un bailarín de ballet profesional y cómo esto complica la relación con su padre. Sin embargo, como telón de fondo, se encuentran las profundas dificultades que tiene que atravesar la familia, en la que todos los varones trabajan como mineros durante las huelgas del sector en la década de los 80. Mientras duran las huelgas, los mineros sobreviven como pueden durante semanas sin ingreso alguno y siendo apaleados por policías.
Por último, nos despedimos con una breve mención de This is England (Shane Meadows, 2006), un drama centrado en un grupo de skinheads en 1983. Refleja cómo el movimiento skinhead original fue infiltrado por organizaciones asociadas al nacionalismo blanco en algunos barrios obreros gracias a su ataque populista contra la guerra de las Malvinas y a su xenófobo discurso antiinmigración. Lo mejor: su banda sonora.
“¿Qué está haciendo Dios? Se lleva a John Lennon, se lleva a esos tres muchachos en Ainsley Pit y está pensando en llevarse a mi padre… ¿¡y la puta Margaret Thatcher vive!? ¿a qué está jugando?” – Phil, en Tocando al Viento (1996).
La década de 1980 fue una época muy jodida para pertenecer a la working class en el Reino Unido o en Estados Unidos, con Margaret Thatcher y Ronald Reagan llevando a cabo los ataques más viscerales de la historia (por ahora) contra los servicios sociales públicos. Si este Estado del bienestar es una conquista obrera o si se trata más bien de una serie de concesiones de la clase dirigente para calmar a las masas descontentas es un debate en el que no queremos entrar ahora; lo que queremos señalar es que la desaparición de las coberturas sociales, la destrucción de miles de empleos y la progresiva precarización de las vidas de quienes estaban en las filas de la clase obrera del momento marcó una época de miseria, desesperación y dolor, pero también de concienciación, movilizaciones, hermanamientos e ingenio para escapar de estas situaciones.
El cine realista social británico ha conseguido, de manera más que exitosa, retratar todos estos sentimientos y situaciones a través de la estética realista y la recreación – de forma comprometida – de historias a partir de lo cotidiano. Decía Leonardo Da Vinci en el siglo XV que “en cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia” y no podemos más que darle la razón al reconocer que es esto lo que sentimos cuando nos encontramos ante este movimiento cinematográfico cuya emulación no se ha podido llevar a cabo en España ni en ningún otro país de la misma forma.
El mayor representante de esta corriente es Ken Loach, director de Riff-raff (1990), cinta que retrata la vida de un trabajador escocés que trabaja de forma precaria (tanto es así que necesita okupar un apartamento vacío para tener una vivienda propia) para una constructora en Londres que, con tal de ahorrar costes, no pone todas las medidas de seguridad oportunas para garantizar la seguridad de sus empleados, al igual que ocurre con los trabajadores ferroviarios en su filme La Cuadrilla (2001). En Lloviendo Piedras (1993) retrata el drama del paro a través de la figura de un padre de familia cuarentón del norte de Inglaterra que hará lo que sea para comprar un vestido de comunión para su hija. Otros de los títulos vinculados a la temática de esta época que firma son La Canción de Carla (1996), Mi nombre es Joe (1998), Felices dieciséis (2002) y Buscando a Eric (2009). Todas sus películas se ruedan de forma natural, sin grandes recursos audiovisuales ni dramatismos más allá de las propias tragedias que viven sus personajes. Los obreros que aparecen no son grandes héroes a mitificar ni personas especialmente comprometidas (de hecho, una escena específica de Riff-raff puede herir la sensibilidad de aquéllos que reivindican los derechos de los animales); son gente normal y corriente, son las víctimas de las políticas neoliberales que se implementaron en su tiempo.
The Full Monty (Peter Canatteo, 1997) es una divertida comedia que relata la historia de seis obreros poco atractivos que deciden convertirse en strippers para ganar algo de dinero tras una ola de despidos en Sheffield (Inglaterra), una ciudad tradicionalmente vinculada con el sector de la metalurgia.
Otra película rodada en clave de comedia, aunque con algunos momentos realmente dramáticos, es Tocando el Viento (Mark Herman, 1996). En ella, una banda de música compuesta por mineros del norte de Inglaterra durante el gobierno de Thatcher sigue ensayando mientras, a su vez, se enfrentan al posible cierre de la mina, lo que supondría la pérdida de sus puestos de trabajo y la desaparición de dicha banda, una institución local con más de un siglo de historia.
Como otro filme sobre mineros podríamos citar Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). La historia principal gira en torno a un niño de 11 años que quiere ser un bailarín de ballet profesional y cómo esto complica la relación con su padre. Sin embargo, como telón de fondo, se encuentran las profundas dificultades que tiene que atravesar la familia, en la que todos los varones trabajan como mineros durante las huelgas del sector en la década de los 80. Mientras duran las huelgas, los mineros sobreviven como pueden durante semanas sin ingreso alguno y siendo apaleados por policías.
Por último, nos despedimos con una breve mención de This is England (Shane Meadows, 2006), un drama centrado en un grupo de skinheads en 1983. Refleja cómo el movimiento skinhead original fue infiltrado por organizaciones asociadas al nacionalismo blanco en algunos barrios obreros gracias a su ataque populista contra la guerra de las Malvinas y a su xenófobo discurso antiinmigración. Lo mejor: su banda sonora.
sábado, 7 de enero de 2012
El conflicto social y la huelga en el cine
Por Samuel García Arencibia
Últimamente he visto dos películas que me han devuelto a la emoción y la admiración por las viejas luchas de nuestros padres, abuelos y antecesores. En ellas, los trabajadores se atreven, en unas sociedades más precarias que las nuestras, a luchar contra la clase opresora sin otras armas que su unión y su sacrificio, para mejorar sus condiciones de vida. Ese cine puede estimular la conciencia y la actitud de lucha social en estos momentos de derrotismo. Aunque sólo sea una aficionado al cine y no vaya a comentar mucho de esas películas me pareció una buena idea escribir esta entrada sobre películas, ya que hace mucho tiempo que no escribo sobre cine. Serían estupendas las invitaciones a otras películas que pudieran hacer en los comentarios.
La primera película fue "La sal de la tierra" de 1955. En ella unos mineros de Nuevo México se enfrentan a sus patrones por sus condiciones de trabajo. Lo más hermoso de la película es la alianza entre la lucha de clases y la lucha de géneros, pues las mujeres cobran protagonismo en la lucha de todos contra la pobreza a la que son sometidos.
La segunda película reciente que vi fue "Los compañeros" de Monicelli de 1963. En este caso los trabajadores de una fábrica también reivindican desde su fábrica, hacen huelga por las condiciones de trabajo. Es una comedia, pero permite también aproximarse a la realidad cruda de una huelga. Se ve el autoritarismo con el que el Estado ayuda a las clases propietarias.
Mientras me animaba a escribir este artículo busqué en mi memoria otras películas. Se me vinieron a la cabeza algunas. No sé si las recordaré ahora todas.
Recuerdo con especial cariño una de Ken Loach, "Pan y rosas". Con ella lloré de emoción. La acción ocurría en el tiempo presente, en los Estados Unidos con unos sindicatos históricamente exhaustos en un país donde nunca hubo una afiliación fuerte. Hace tiempo desde que la vi, quizá debiera volver a verla, pero la recuerdo con nostalgia. Hay una mezcla de romanticismo y lucha social, inmigración ilegal.
También hace tiempo, vi "Germinal", de Jean Claude Berri, basada en la novela, también leída, de Emile Zola. Igualmente hay romanticismo, una historia de amor platónico del foráneo con experiencia socialista que llega a una mina donde hay una incipiente organización sindical y una mujer que se ve obligada a convivir con el trabajador esquirol y machista, típico en esas comunidades obreras. Ocurre en una mina francesa.
"La madre" de Pudovkin es del mismo modo una adaptación de una novela, de Gorki. En este caso, la novela me encantó y la película me pareció una adaptación alejada del centro de interés del autor de la novela. Otra película soviética sobre el tema es precisamente "La huelga" de Eisenstein. De cine mudo las dos, ambas narran sucesos de la Rusia zarista.
Excepto, "Pan y rosas" todas son películas basadas en los momentos de crecimiento o consolidación del movimiento obrero. Excepto esta y un poco "Germinal", todas son películas con varias décadas. Parece que el cine social (que atiende la cuestión social) o socialista (que pretende contribuir al progreso socialista) han disminuido en paralelo con las renuncias sociales a la ofensiva y defensiva de los valores de igualdad y fraternidad (o a la libertad de las clases dominadas sobre las clases dominantes). Hay maravillosas excepciones (Loach, Gavras, Tavernier, De León y Aranoa, Mañas), pero la clase dominada, en proceso de debilitación sin tocar fondo, no tiene mucha capacidad de hacer cine social y socialista en la cantidad y calidad de las generaciones anteriores, como las generaciones actuales no tiene ni la conciencia ni la organización para mantener el pulso de la lucha histórica de clases.
Últimamente he visto dos películas que me han devuelto a la emoción y la admiración por las viejas luchas de nuestros padres, abuelos y antecesores. En ellas, los trabajadores se atreven, en unas sociedades más precarias que las nuestras, a luchar contra la clase opresora sin otras armas que su unión y su sacrificio, para mejorar sus condiciones de vida. Ese cine puede estimular la conciencia y la actitud de lucha social en estos momentos de derrotismo. Aunque sólo sea una aficionado al cine y no vaya a comentar mucho de esas películas me pareció una buena idea escribir esta entrada sobre películas, ya que hace mucho tiempo que no escribo sobre cine. Serían estupendas las invitaciones a otras películas que pudieran hacer en los comentarios.
La primera película fue "La sal de la tierra" de 1955. En ella unos mineros de Nuevo México se enfrentan a sus patrones por sus condiciones de trabajo. Lo más hermoso de la película es la alianza entre la lucha de clases y la lucha de géneros, pues las mujeres cobran protagonismo en la lucha de todos contra la pobreza a la que son sometidos.
La segunda película reciente que vi fue "Los compañeros" de Monicelli de 1963. En este caso los trabajadores de una fábrica también reivindican desde su fábrica, hacen huelga por las condiciones de trabajo. Es una comedia, pero permite también aproximarse a la realidad cruda de una huelga. Se ve el autoritarismo con el que el Estado ayuda a las clases propietarias.
Mientras me animaba a escribir este artículo busqué en mi memoria otras películas. Se me vinieron a la cabeza algunas. No sé si las recordaré ahora todas.
Recuerdo con especial cariño una de Ken Loach, "Pan y rosas". Con ella lloré de emoción. La acción ocurría en el tiempo presente, en los Estados Unidos con unos sindicatos históricamente exhaustos en un país donde nunca hubo una afiliación fuerte. Hace tiempo desde que la vi, quizá debiera volver a verla, pero la recuerdo con nostalgia. Hay una mezcla de romanticismo y lucha social, inmigración ilegal.
También hace tiempo, vi "Germinal", de Jean Claude Berri, basada en la novela, también leída, de Emile Zola. Igualmente hay romanticismo, una historia de amor platónico del foráneo con experiencia socialista que llega a una mina donde hay una incipiente organización sindical y una mujer que se ve obligada a convivir con el trabajador esquirol y machista, típico en esas comunidades obreras. Ocurre en una mina francesa.
"La madre" de Pudovkin es del mismo modo una adaptación de una novela, de Gorki. En este caso, la novela me encantó y la película me pareció una adaptación alejada del centro de interés del autor de la novela. Otra película soviética sobre el tema es precisamente "La huelga" de Eisenstein. De cine mudo las dos, ambas narran sucesos de la Rusia zarista.
Excepto, "Pan y rosas" todas son películas basadas en los momentos de crecimiento o consolidación del movimiento obrero. Excepto esta y un poco "Germinal", todas son películas con varias décadas. Parece que el cine social (que atiende la cuestión social) o socialista (que pretende contribuir al progreso socialista) han disminuido en paralelo con las renuncias sociales a la ofensiva y defensiva de los valores de igualdad y fraternidad (o a la libertad de las clases dominadas sobre las clases dominantes). Hay maravillosas excepciones (Loach, Gavras, Tavernier, De León y Aranoa, Mañas), pero la clase dominada, en proceso de debilitación sin tocar fondo, no tiene mucha capacidad de hacer cine social y socialista en la cantidad y calidad de las generaciones anteriores, como las generaciones actuales no tiene ni la conciencia ni la organización para mantener el pulso de la lucha histórica de clases.
jueves, 22 de septiembre de 2011
‘Roger & Me’ (Michael Moore)
By Hal Hinson
Washington Post Staff Writer
January 12, 1990
"Roger & Me," Michael Moore's documentary about the effects of General Motors plant closings in his hometown of Flint, Mich., is a hilariously cranky bit of propaganda. One part home movie, one part editorial, one part letter bomb, the film is a one-man insurrection. And -- imagine that -- the man is just some yob with a movie camera, an auto worker's son who has never made a film before and who sees in the demise of his home city the perfect metaphor for everything that's gone wrong with America.
The result is one of the most subversively comic political films in memory. Moore presents "Roger & Me" as his End of the '80s essay, his attempt to reclaim the decade from those who would have it remembered as an upbeat era of rebuilding and progress. His subject, in the most limited sense, is Flint itself. As the home to several major GM facilities, Flint was a proud industrial town caught up in the great postwar American dream. But due to shutdowns and layoffs, more than 30,000 workers lost their jobs, leaving Flint desolate, rat-infested, a city with teeming jails, a soaring crime rate and plummeting expectations -- a postindustrial American wasteland that Money magazine proclaimed the worst place to live in the country.
About all this Moore is deeply funny and deeply serious. When the laughs come -- and there are more here than in any movie I saw all last year -- they have a prankster's reckless irreverence. His target and elusive costar is GM Chairman Roger B. Smith, whom Moore tracks throughout the movie in an attempt to confront him with the devastation his company has left in its wake.
Moore loves making trouble, but his impudence is multilayered and fueled, primarily, by rage. He comes on in "Roger & Me" with the bratty effrontery of a party crasher, out to spoil everyone's fun. He dogs Smith at his office (where he offers the security forces his Chuck E Cheese discount card for identification), at his yacht club in Grosse Pointe, at his athletic club in Detroit. Moore even manages somehow to gain entrance to GM's annual stockholders meeting, where his mike is cut just as he is about to speak.
The party Moore's crashing here, though, is the Reagan '80s. Acting as the film's curmudgeonly master of ceremonies, Moore presents a collection of sneaky riffs on a score of topics, both large and small -- from unionism and capitalism to Pat Boone, beauty pageants and game shows -- and spins them into a highly personal, shorthand history of American corporate collapse.
On another level, it's a kind of critique of the great American dream of sunny, smiley-face, middle-class prosperity. Moore's greatest gift is his feel for the native American surrealism -- his sense of us as a people who love diving donkeys and dancing spark plugs and parades with Shriners driving around in miniature Model T's. To Moore, these funky absurdities are on a direct line with an attempt to raise spirits in Flint by bringing the Rev. Robert Schuller to town to say things like "Tough times don't last, tough people do." Or Anita Bryant's buck-up rendition of "You'll Never Walk Alone." Or Ronald Reagan's kind offer to buy pizza for 10 unemployed auto workers. To demonstrate his appreciation, one of the guests rips off the pizzeria's cash register on his way out.
Two motifs connect these various plot threads: the search for Roger and the operations of Sheriff's Deputy Fred Ross, who, with cool efficiency, travels around town, pounding on doors and evicting families from their homes. The latter's scenes work as dark counterpoint to the generally amused tone; they're the movie's dire bottom line. Without them, it might come across as a glib radical cartoon.
Wearing baggy jeans, a windbreaker and a cap reading "I'm out for Trout," Moore styles himself as a kind of beer-bellied rube, but the Average Joe pose is merely an elaborate disguise for a highly sophisticated, cagey wit. Moore is a naysayer in the classic American tradition -- a working-class sorehead with attitude to burn. Class anger is part of what drives him. He hates the twits who dress up in costume for their "Great Gatsby" party or rush to plunk down $100 to spend the night in the city's spanking new jail. In essence, though, he's an equal-opportunity basher -- everyone gets a turn, and he's nearly as scathing in his derision for one woman who slaughters rabbits to make ends meet. Or the future Miss America, Kaye Lani Rae Rafko, who virtually quivers in front of the camera, desperate not to put her foot in her mouth.
As a comic, Moore sees virtually everyone as fair game, but then he presents himself in nearly as harsh a light as the others. None comes off as badly as the eponymous Roger, though. Reading his bland Christmas message to the stockholders and their children, he quotes Dickens, and in the process he becomes mythic, the personification of the heartless capitalist -- a real-life Scrooge.
When I first saw the film, it struck me as the most impressively articulated response to the Reagan era I'd seen. Since then it has come out that Moore has -- either intentionally or through lack of skill -- fuzzied the chronology of events, creating the impression that the plant closings and layoffs took place all at once, around 1986 and '87, instead of over a period of more than a decade. In other instances too, Moore may have fallen short of factual accuracy.
Though this doesn't invalidate his political points, it does cast them in a more dubious light -- and Moore along with them. The unfortunate effect of this imprecision is to reduce a great film to a nearly great one. It does not, however, interfere with our pleasure at seeing Pat Boone refer to Roger Smith as a "can-do kinda guy." Or diminish the epic silliness of the city's efforts to rescue Flint by turning it into a tourist center with the construction of a Hyatt Hotel, a shopping center and, as its biggest draw, a Disney World-type tribute to the auto industry called AutoWorld.
In "Roger & Me," Moore's brand of slapstick reportage strikes the perfect balance between irony and sincerity; it's slyly deadpan and committed, democratic and kingly all at once. In the end, though, he winds up giving ironic credence to the swells at the Great Gatsby party who advise the laid-off workers to get out there and do something. He's shown what one man with a camera crew and a vision can do.
Washington Post Staff Writer
January 12, 1990
"Roger & Me," Michael Moore's documentary about the effects of General Motors plant closings in his hometown of Flint, Mich., is a hilariously cranky bit of propaganda. One part home movie, one part editorial, one part letter bomb, the film is a one-man insurrection. And -- imagine that -- the man is just some yob with a movie camera, an auto worker's son who has never made a film before and who sees in the demise of his home city the perfect metaphor for everything that's gone wrong with America.
The result is one of the most subversively comic political films in memory. Moore presents "Roger & Me" as his End of the '80s essay, his attempt to reclaim the decade from those who would have it remembered as an upbeat era of rebuilding and progress. His subject, in the most limited sense, is Flint itself. As the home to several major GM facilities, Flint was a proud industrial town caught up in the great postwar American dream. But due to shutdowns and layoffs, more than 30,000 workers lost their jobs, leaving Flint desolate, rat-infested, a city with teeming jails, a soaring crime rate and plummeting expectations -- a postindustrial American wasteland that Money magazine proclaimed the worst place to live in the country.
About all this Moore is deeply funny and deeply serious. When the laughs come -- and there are more here than in any movie I saw all last year -- they have a prankster's reckless irreverence. His target and elusive costar is GM Chairman Roger B. Smith, whom Moore tracks throughout the movie in an attempt to confront him with the devastation his company has left in its wake.
Moore loves making trouble, but his impudence is multilayered and fueled, primarily, by rage. He comes on in "Roger & Me" with the bratty effrontery of a party crasher, out to spoil everyone's fun. He dogs Smith at his office (where he offers the security forces his Chuck E Cheese discount card for identification), at his yacht club in Grosse Pointe, at his athletic club in Detroit. Moore even manages somehow to gain entrance to GM's annual stockholders meeting, where his mike is cut just as he is about to speak.
The party Moore's crashing here, though, is the Reagan '80s. Acting as the film's curmudgeonly master of ceremonies, Moore presents a collection of sneaky riffs on a score of topics, both large and small -- from unionism and capitalism to Pat Boone, beauty pageants and game shows -- and spins them into a highly personal, shorthand history of American corporate collapse.
On another level, it's a kind of critique of the great American dream of sunny, smiley-face, middle-class prosperity. Moore's greatest gift is his feel for the native American surrealism -- his sense of us as a people who love diving donkeys and dancing spark plugs and parades with Shriners driving around in miniature Model T's. To Moore, these funky absurdities are on a direct line with an attempt to raise spirits in Flint by bringing the Rev. Robert Schuller to town to say things like "Tough times don't last, tough people do." Or Anita Bryant's buck-up rendition of "You'll Never Walk Alone." Or Ronald Reagan's kind offer to buy pizza for 10 unemployed auto workers. To demonstrate his appreciation, one of the guests rips off the pizzeria's cash register on his way out.
Two motifs connect these various plot threads: the search for Roger and the operations of Sheriff's Deputy Fred Ross, who, with cool efficiency, travels around town, pounding on doors and evicting families from their homes. The latter's scenes work as dark counterpoint to the generally amused tone; they're the movie's dire bottom line. Without them, it might come across as a glib radical cartoon.
Wearing baggy jeans, a windbreaker and a cap reading "I'm out for Trout," Moore styles himself as a kind of beer-bellied rube, but the Average Joe pose is merely an elaborate disguise for a highly sophisticated, cagey wit. Moore is a naysayer in the classic American tradition -- a working-class sorehead with attitude to burn. Class anger is part of what drives him. He hates the twits who dress up in costume for their "Great Gatsby" party or rush to plunk down $100 to spend the night in the city's spanking new jail. In essence, though, he's an equal-opportunity basher -- everyone gets a turn, and he's nearly as scathing in his derision for one woman who slaughters rabbits to make ends meet. Or the future Miss America, Kaye Lani Rae Rafko, who virtually quivers in front of the camera, desperate not to put her foot in her mouth.
As a comic, Moore sees virtually everyone as fair game, but then he presents himself in nearly as harsh a light as the others. None comes off as badly as the eponymous Roger, though. Reading his bland Christmas message to the stockholders and their children, he quotes Dickens, and in the process he becomes mythic, the personification of the heartless capitalist -- a real-life Scrooge.
When I first saw the film, it struck me as the most impressively articulated response to the Reagan era I'd seen. Since then it has come out that Moore has -- either intentionally or through lack of skill -- fuzzied the chronology of events, creating the impression that the plant closings and layoffs took place all at once, around 1986 and '87, instead of over a period of more than a decade. In other instances too, Moore may have fallen short of factual accuracy.
Though this doesn't invalidate his political points, it does cast them in a more dubious light -- and Moore along with them. The unfortunate effect of this imprecision is to reduce a great film to a nearly great one. It does not, however, interfere with our pleasure at seeing Pat Boone refer to Roger Smith as a "can-do kinda guy." Or diminish the epic silliness of the city's efforts to rescue Flint by turning it into a tourist center with the construction of a Hyatt Hotel, a shopping center and, as its biggest draw, a Disney World-type tribute to the auto industry called AutoWorld.
In "Roger & Me," Moore's brand of slapstick reportage strikes the perfect balance between irony and sincerity; it's slyly deadpan and committed, democratic and kingly all at once. In the end, though, he winds up giving ironic credence to the swells at the Great Gatsby party who advise the laid-off workers to get out there and do something. He's shown what one man with a camera crew and a vision can do.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Lula, el hijo de Barreto
El primer presidente de izquierda del gigante latinoamericano no tuvo que esperar a ser un mito para llegar a la pantalla grande. La película "Lula, el hijo de Brasil" relata la primera etapa de la azarosa vida de este ex inmigrante nordestino, obrero y sindicalista.

Por Fabiana Frayssinet
IPS
El filme, que muestra "la odisea de una familia igual a la de otras tantas familias pobres del país" según las palabras de su director, Fabio Barreto, ya despertó una expectativa inusual antes de su estreno, previsto para el 1 de enero. Retrata los primeros 35 años de la vida del presidente de Brasil, en pleno ejercicio del poder hasta enero del 2011.
Va desde su nacimiento el 27 de octubre de 1945, en la pequeña aldea de Garanhuns, en el noroccidental estado de Pernambuco, hasta la década del '80, cuando ya líder de importantes huelgas sindicales del poderoso sector metalúrgico del cordón industrial de Sao Paulo, el llamado "ABC paulista", es llevado preso por la dictadura militar (1964-1985).
La fecha, según la sinopsis, marca también la muerte de una persona "extremadamente influyente" en la vida de Lula. La de su madre, Doña Lindú (Euridice Ferreira de Mello), una mujer simple y analfabeta que crió ocho hijos sola bajo el lema "En esta familia nadie va a ser ladrón o prostituta".
"El resto todo el mundo lo conoce: La fundación del PT (Partido de los Trabajadores), su carrera política hacia la presidencia", señala a IPS Barreto, director entre otras de la película "El cuarteto", candidata al Oscar como mejor filme extranjero en 1996.

Por Fabiana Frayssinet
IPS
El filme, que muestra "la odisea de una familia igual a la de otras tantas familias pobres del país" según las palabras de su director, Fabio Barreto, ya despertó una expectativa inusual antes de su estreno, previsto para el 1 de enero. Retrata los primeros 35 años de la vida del presidente de Brasil, en pleno ejercicio del poder hasta enero del 2011.
Va desde su nacimiento el 27 de octubre de 1945, en la pequeña aldea de Garanhuns, en el noroccidental estado de Pernambuco, hasta la década del '80, cuando ya líder de importantes huelgas sindicales del poderoso sector metalúrgico del cordón industrial de Sao Paulo, el llamado "ABC paulista", es llevado preso por la dictadura militar (1964-1985).
La fecha, según la sinopsis, marca también la muerte de una persona "extremadamente influyente" en la vida de Lula. La de su madre, Doña Lindú (Euridice Ferreira de Mello), una mujer simple y analfabeta que crió ocho hijos sola bajo el lema "En esta familia nadie va a ser ladrón o prostituta".
"El resto todo el mundo lo conoce: La fundación del PT (Partido de los Trabajadores), su carrera política hacia la presidencia", señala a IPS Barreto, director entre otras de la película "El cuarteto", candidata al Oscar como mejor filme extranjero en 1996.
sábado, 8 de mayo de 2010
Novecento: lucha de clases en Italia
Escena que simboliza el nacimiento del Partido Comunista en 1921.
Novecento se desarrolla en la Italia en las primeras décadas del siglo XX. La cinta aborda temas como la explotación, la acogida del comunismo por parte de los proletarios explotados, la Primera Guerra Mundial y el surgimiento del fascismo, de la mano de los grandes capitalistas y terratenientes.
En la película se cuenta además la historia de Olmo, un humilde trabajador de una hacienda y Alfredo, nieto del patrón de la misma, quienes entablarán una estrecha amistad a pesar de sus diferencias, la cual se verá afectada por las circunstancias de una sociedad convulsionada y en plena guerra.
El filme, realizado en 1976, está protagonizado por Robert de Niro (Alfredo) y Gérard Depardieu (Olmo), y cuenta con la música del galardonado Ennio Morricone.
sábado, 1 de mayo de 2010
Tiempos modernos
Charlotte trabaja en una fábrica apretando tornillos en una cinta sin fin. Un día tiene un ataque nervioso producto del estrés de su trabajo, comienza a apretar narices en vez de tornillos y termina creando el caos antes de que puedan reducirle y echarle a la calle. Una vez recuperado, es encarcelado acusado injustamente de encabezar unos tumultos callejeros. Tras su estancia en prisión, se encuentra con que la vida en la calle es bastante difícil. Antes recibe una carta especial en cuestiones comunitariamente laborales (trabajos comunitarios), pero después de unos empleos fallidos (debido a su torpeza), intenta que lo vuelvan a encerrar echándose la culpa de un robo de un trozo de pan cometido por una huérfana que tenía mucha hambre, ambos se conocen en una patrulla de policía, y luego se escapan arriesgadamente pero con éxito, y desde entonces los dos acaban buscándose la vida juntos, con el sueño de tener una bonita casa. Primero el vagabundo empieza a trabajar como empleado nocturno (sustituto) en un centro comercial, pero es despedido por quedarse dormido en un montón de ropa. Luego, el vagabundo vuelve a trabajar en la fábrica como ayudante del mecánico. Pero la fábrica cierra a causa de una huelga y de nuevo el protagonista es detenido acusado injustamente de haber atacado sin querer y por torpeza a un policía durante los disturbios (al cual le tiró un ladrillo pisando una tabla). Al salir de la cárcel, se encuentra con que la huérfana ha encontrado trabajo en un café en el que los camareros cantan y le promete buscarle trabajo también a él. Charlote)es un camarero malísimo pero, al mismo tiempo, divierte mucho a los clientes cuando le llega la hora de cantar, así que parece que han encontrado un empleo estable. Pero llegan los encargados del orfanato e intentan llevarse a la chica tras ser buscada por vagancia. Los dos consiguen escapar. En la secuencia final, ambos caminan por un camino desolado. La chica comienza a llorar, pero el vagabundo la anima a no perder la esperanza y la sonrisa. Se alejan juntos hacia el horizonte, buscando su buen futuro que tanto sueñan, sin rendirse, tomados de la mano (Como en todas las anteriores películas de Chaplin solo que esta vez acompañado).
jueves, 18 de diciembre de 2008
Se presenta en Bogotá la obra documental de Jorge Silva y Martha Rodríguez

Recuperación de tierras. Hacienda Cobaló, Cauca, 1974. Foto de Jorge Silva.
Por Camilo Rueda Navarro
En la Cinemateca Distrital de Bogotá se viene desarrollando, en el transcurso de la presente semana, la retrospectiva de la amplia obra de los documentalistas Jorge Silva y Martha Rodríguez, ésta última ganadora del Premio Nacional a toda una vida dedicada al cine. La exposición se desarrolla como homenaje a estas dos importantes figuras de la cinematografía social colombiana.
En sus documentales, los autores denuncian la crítica situación social de las comunidades campesinas e indígenas de diversas regiones del país, como los Llanos Orientales y el Cauca. A su vez, Rodríguez y Silva se ocupan en su vasta obra de la problemática de los trabajadores urbanos, en particular la de los obreros de las ladrilleras del sur de Bogotá, que se muestra en el documental “Chircales”.
En su obra conjunta se integra la investigación periodística y académica con la elaboración cinematográfica, dando sus frutos en documentales como “Planas: testimonio de un etnocidio”, que en 1972 obtuvo el premio al mejor filme colombiano en el Festival de Cartagena. En él se muestra la persecución sobre la etnia de los Guahibos en el oriente del país.
Así mismo, investigan el problema agrario colombiano, que es plasmado en “Campesinos”, obra ampliamente laureada y reconocida a nivel internacional en la que se examina la realidad del campo en zonas cafeteras como Cundinamarca y Tolima, abordada desde el modelo hacendado de principios del siglo veinte y contrastada con la situación del campesinado en la década de 1970.
Otros documentales destacados son “Nuestra voz de tierra, memoria y futuro”, y “El bogotazo”, largometrajes realizados con la participación del escritor Arturo Alape. El legado documental es complementado por Jorge Silva con la fotografía, dejando también de manera gráfica un importante aporte a la historia de los sectores populares de Colombia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
